Transcurría el siglo XXX, el planeta es una enorme bola gaseosa de humores grises y nauseabundos que se desparraman a altas velocidades por efecto de las tormentas de viento espaciales.
No existe vida sobre la superficie, se han cavado túneles que se interconectan entre sí, con una cavidad más profunda en forma de cono, donde se refugian unos cuantos sobre el escueto piso.
No hay artes ni cultura, los habitantes sólo pululan entre sí sin emitir sonido, se reproducen y se marchan para no producir la endogamia de la especie.

El planeta se convirtió en un polo nocturno, oscuro, adentro y debajo de la superficie. Los nuevos seres dejaron de nacer con ojos, con bocas, con narices como evolución a la adaptabilidad del entorno. El enorme estómago que desarrollaron con una pequeña grieta en un costado para asimilar mejor los nutrientes de la tierra les impiden a determinada edad moverse, con lo que quedan confinados a subsistir en los finales de túneles para que no se produzca un embotellamiento en el tráfico de los, todavía, organismos móviles.
Al dejar de existir la dicotomía el nuevo calendario se mide en lapsos de tiempo homogéneo y articulado en función de la mayor longitud cavada.
No hay sonrisas, no hay realización personal, no hay calidad de vida. Igual que dentro de un hormiguero en la antigüedad.
