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Las playas de esa zona del planeta, donde la vegetación frondosa, cerrada entra por encima de la línea de marea alta, y los cadáveres de troncos de árbol abatidos en alguna tormenta quedan estacionados según antojo de la mar, era un lugar salvaje y agreste como el primer ser humano que se aventuró a salir del conocido hábitat de África central y comenzó el camino hacia la conquista del planeta tierra.
En la época de sequía los senderos te obligan a pisar el incendio forestal, sin cuestionarte si va a explotar el vehículo, sólo se atraviesa a velocidad media, ni siquiera se puede ir rápido por esos caminos zigzagueantes, entre árboles, piedras y arena floja.
Nadie moría, nadie se incendiaba.
El tiempo caminaba lento, dando pasos adormecidos, cortos y profundos, parando en cada segundo, una eternidad. Todo era relativo, nada demasiado importante.
Y el calor, según los otros, agobiante, para mí era mi medio más propicio, en esa humedad pegajosa y cálida es donde mejor me siento, quizás la baja presión arterial me incomodara algo, pero muy fácilmente resolvía tomando café de un color absolutamente negro, espeso y con mucho aroma, capaz de levantar a un espíritu aletargado.
Por las noches, una leve brisa marina te acaricia la cara, el cuerpo totalmente desnudo sobre la cama se engoma contra las sábanas produciendo un constante contacto fétido de humores sudoríparos, claro que el ventilador de techo que gira todo el tiempo te va refrescando la parte expuesta al cielo.
En la actualidad los tiempos se han acelerado, los incendios controlados y las playas domesticado al compás de las urbanizaciones.
Ni el calor ni el sudor son los mismos.
Las playas de esa zona del planeta, donde la vegetación frondosa, cerrada entra por encima de la línea de marea alta, y los cadáveres de troncos de árbol abatidos en alguna tormenta quedan estacionados según antojo de la mar, era un lugar salvaje y agreste como el primer ser humano que se aventuró a salir del conocido hábitat de África central y comenzó el camino hacia la conquista del planeta tierra.

En la época de sequía los senderos te obligan a pisar el incendio forestal, sin cuestionarte si va a explotar el vehículo, sólo se atraviesa a velocidad media, ni siquiera se puede ir rápido por esos caminos zigzagueantes, entre árboles, piedras y arena floja.
Nadie moría, nadie se incendiaba.
El tiempo caminaba lento, dando pasos adormecidos, cortos y profundos, parando en cada segundo, una eternidad. Todo era relativo, nada demasiado importante.
Y el calor, según los otros, agobiante, para mí era mi medio más propicio, en esa humedad pegajosa y cálida es donde mejor me siento, quizás la baja presión arterial me incomodara algo, pero muy fácilmente resolvía tomando café de un color absolutamente negro, espeso y con mucho aroma, capaz de levantar a un espíritu aletargado.
Por las noches, una leve brisa marina te acaricia la cara, el cuerpo totalmente desnudo sobre la cama se engoma contra las sábanas produciendo un constante contacto fétido de humores sudoríparos, claro que el ventilador de techo que gira todo el tiempo te va refrescando la parte expuesta al cielo.
En la actualidad los tiempos se han acelerado, los incendios controlados y las playas domesticado al compás de las urbanizaciones.
Ni el calor ni el sudor son los mismos.
