
Las palabras, esas manifestaciones tan vacías de contenido en una discusión acalorada y sin embargo son flechas venenosas que se retuercen una y otra vez dentro de nuestro cerebro, cada vez que recordamos las ofensas de las que fuimos objeto de humillación.
Qué sentido tiene arreglar nuestros asuntos hablando, si cuando lo hacemos estamos enojados uno con el otro y sólo se vierten expresiones de enfado y disgusto para ver quien lastima más al compañero.
Que se gana en estas verborragias sin criterio ni sentido donde se entremezclan hechos pasados con el presente y sobre todo en vistas de un futuro demasiado incierto.
Siempre hay que estar atenta, no bajar nunca la guardia, relajarse con un ser querido significa que no nos va a perturbar nuestro interior y nos va a seguir tratando con el respeto y cariño profesado desde antaño.
Las relaciones de pareja son un tanto dicotómicas, buscamos que el otro nos trate como lo tratamos, en vez de aceptar y admitir ser tratados como nuestro compañero se manifiesta en plena libertad de elección.
Me saturan las discusiones huecas, banales y superficiales, donde cada uno desahoga sus nervios en el otro sin producir absolutamente ninguna modificación en su psique, en su alma, en su espíritu.
¿Por qué nos organizamos emocionalmente uno “contra” otro?

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